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    El filo del Tomahawk

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    Por Enrique Lomas

    EL FILO DEL TOMAHAWK

    Por Enrique Lomas Urista

    Las hormigas morían de dos en dos, de tres en tres bajo el bombardeo implacable de cera ardiente.

    Mas manitas sádicas sostenían con emoción el cirio pascual que se derretía encima de las inquietas hormigas, que se retorcían de dolor ante el ataque imprevisto.

    Así picaba el recuerdo en la cabeza, a la altura del tumor que punzaba como piquete de hormigas gigantes.

    El lujoso todoterreno no logró amortiguar la nueva punzada, frente al camino pedregoso y sinuoso de la abrupta serranía.

    Nunca creyó en Dios, pero ahora se arrastraba por un milagro.

    Nunca creyó en el dolor hasta que esa punzada de millón de hormigas le derribó, tres años atrás, su orgullo de soldado exterminador.

    Nunca creyó en milagros, hasta que una punzante esperanza lo llevó al remoto sitio en el que un indio tejía un mundo de últimas oportunidades.

    Su desahuciada mente no le impidió recordar lo que disfrutó al borrar de los mapas aldeas completas, pobladas de diminutas criaturas que la mira de su lanzamisiles no alcanzaba a detallar.

    Ya casi sin visión, se puso en manos del sanador, que cuchillo en mano se propuso concretar el milagro de cada día.

    Su mente, reducida a escombros le impidió darse cuenta que el curandero, al hundir la daga en sus sienes, estaba concretando un milagro, librando al mundo de un gran exterminador.

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